¿Quieres ver una pieza de arte que te deje fascinado? Este es tu momento de lanzarte al Museo Morelense Juan Soriano y regalarte un tiempo de entera contemplación, acompañada por la fascinación de tremendas piezas escultoricas. Acá te vamos a dar el preámbulo para que te des una idea.
Llegando, dirígete al cubo. Al entrar, lo primero que verás será un pasillo que tiene una ventana para ver todo lo que pasa en dicho espacio.
El primer contacto con la obra del artista Pablo Castillo Ortiz estará justo ahí, con la figura de lo que pareciera un niño, mirando lo que más tarde será para ti la causa de asombro.


Bajando las escaleras para dirigirte a la sala, encontrarás una pieza suspendida en el aire que tiene la anatomía de un insecto volador. Al platicar con Pablo, nos contó que esa fue su primera creación, hace más de 25 años, cuando solo tenía una calavera de moto que hoy es el ojo.


La curaduría está muy bien hecha, y el montaje —que aún olía un poco a pintura ya que fuimos a la inauguración— lo complementó. Los muros grises y la luz dirigida crean un espacio oscuro donde resaltan los colores metálicos de cada escultura, y el detalle del vinil en el piso con el nombre de cada pieza y una especie de línea guía se agradece.

Cinco piezas engalanan la sala. De lejos, los seres imponentes parecen sacados de un mundo alterno de ciencia ficción, petrificados en el tiempo con una posición donde su esencia es expuesta y evidente.
¿Ellos vienen del futuro o nosotros somos el futuro? La interpretación se la da el espectador.

El uso de elementos es impredecible, la técnica se pule a partir de la construcción del esqueleto, pasando por los órganos internos, el exterior y los detalles que dejan una sensación entre complejidad y armonía. Armonía que Pablo logra entre las salpicaderas de una moto, los frenos de una bicicleta y el sistema de letras de una máquina de escribir antigua, por mencionar tres de cientos —o hasta miles— de elementos que conviven en una misma escultura.










En los dos encuentros personales donde tuvimos la oportunidad de platicar con él, nos contó la maravillosa concepción de una pieza que está aislada en un cuarto al fondo de la sala, titulada Polilla.

Si la polilla fuera una mujer, sería una rubia glamurosa vestida/cubierta con su abrigo de mink, con un porte impresionante.”
-Pablo Castillo Ortiz
Esta escultura está detallada sobre la textura de una pieza de corteza de árbol que forma sus alas, con sus propios elementos robóticos que le dan “vida”.

Por último, en otra habitación está Ojo azul. En medio de la privacidad del cuarto, una escultura hincada con su miembro expuesto, pidiendo lo que pareciera misericordia. La mirada apunta a un reflector de luz dirigida hacia su rostro, donde el artista nos cuenta:
Es un ser robótico que, a pesar de ser solo materia sin alma, reconoce a Dios.”


Pablo nos comentó que la pieza que más nos gustara hablaba mucho de nuestra personalidad. La nuestra fue Elle, “una mezcla de poder y astucia”.
Lo mejor de todo es que la obra nos fue concedida. ¡Sí! jaja, entre broma (pero si quieres no es broma), se nos otorgó el honor de conservar la escultura cuando él muriera. ¡OMG! Nosotros, privilegiados de poner esa pieza entre nuestra colección de arte. Pero ojalá sea en muchos años.


Larga vida a Pablo, a su obra y carisma. Que siga llenando espacios que nos recuerden que la época contemporánea es la catarsis de una estética que transforma lo cotidiano en eterno.
Recuerda darte un rol por el Museo Morelense Juan Soriano y no perderte esta exposición que estará solo por un corto tiempo. Da click aquí para la info del Museo.

