LA VISITA AL PANTEÓN, UNA TRADICIÓN EN EXTINCIÓN

LA VISITA AL PANTEÓN, UNA TRADICIÓN EN EXTINCIÓN

En un recorrido por el Panteón de La Leona se pudo observa que las familias han dejado de visitar las tumbas de sus familiares.

El olvido de la tumba, o al menos lo que queda de ella, es palpable, doloroso, triste, solo un leve rastro de lo que alguna vez cubrió la última morada de alguien en un panteón.

Se puede apreciar dentro del espacio que delimitaba un lote, un oxidado y carcomido ataúd de metal, sin huella alguna de su contenido original, que era una persona; sólo se ve dentro basura y hierba. No hay siquiera una vieja cruz o una lápida siquiera que dé señales de quién fue inhumado en ese lugar.

El contraste de las tumbas aledañas obliga a la reflexión, mientras ese espacio está viejo, solo, descuidado, olvidado, dos o tres tumbas más adelante se aprecia una tumba impecable, que en lugar de lápida tiene un césped verde, recién cortado, con floreros de concreto en las cuatro esquinas rebosantes de la tradicional flor de cempasúchil y en lugar de cruz, unos cristales ahumados sin mancha ni imperfección alguna.

Por años, en el panteón se han realizado recorridos nocturnos con actrices y actores caracterizados como personajes que datan del porfiriato, se cuentan leyendas sobre sus vidas e incluso sus excentricidades, pero son los menos.

“La venta ha estado muy floja, esperamos que el fin de semana mejore, que son los días fuertes; la venta de las Flores ha bajado mucho”, dijo doña Mario, vecina de la colonia Carolina, quien lleva años vendiendo ramos y macetas.

“Yo no sé qué piensan los familiares de otras personas para dejar abandonados a sus muertos, aquí están enterrados mis suegros y unos tíos de mi esposa, pero de plano los sobrinos nos pidieron que viniéramos a arreglar sus tumbas porque ellos ya no quieren venir al panteón“, contó don Miguel, un hombre entrado en años quien aseguró que él, su esposa su hija y sus dos nietos ya tienen su espacio reservado en la zona nueva del panteón.

“Venimos a pintar y arreglar lo poco que han dejado antes las tumbas tenían una reja, ya ni rastro hay de ella, se la robaron”, dijo doña Sara, la esposa de don Miguel, con un dejo de resignación y tristeza.

Mientras hablaba don Miguel, sus dos nietos, unos niños entre 5 y 6 años, lo observaban con curiosidad.

-Tú dónde te vas a morir, abuelo- preguntó con una risa tímida.

-Ah pues no sé-, respondió el abuelo.

Bueno-, dijo el otro chiquillo un tanto enfadado-, dónde quieres que te pongan cuando te mueras

-Pos allá-, respondió haciendo un gesto con la cabeza con lo que señaló el otro extremo del panteón donde tienen su “reservado.

Recorrido Panteón de La Leona, el más antiguo de Cuernavaca.

“La cremación ha ganado aceptación entre la gente; hace muchos años, décadas diría yo, no era bien visto, principalmente por cuestiones religiosas; hoy es una cuestión de practicidad porque prácticamente en Cuernavaca ya no hay espacios para entierros, sólo aquellos que tienen criptas familiares o quiénes pueden desembolsar fuertes sumas de dinero para adquirir un lote.

“Las urnas pueden colocarse en iglesias, columbarios, en panteones o incluso hay quien las tiene en casa, porque así se sienten más cerca de sus familiares. Para mí, que me dedico a ofrecer servicios fúnebres, es claro que la tradición de ir a los panteones, al menos en la ciudad se ha ido diluyendo con los años”, expresó Marco, un joven de unos veintitantos que sigue el negocio familiar.

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